7.2.15

Bendito Collage


Transformador polimorfo



Sutil enlazador de mundos en su vida, donde convergen de la lingüística a las artes marciales o el coleccionismo de libros más que curiosos, el diseñador Martín López encontró en el collage un campo expresivo donde poner en juego su pasión por los símbolos. Y su placer en provocar con ese toque justo de inteligencia e instinto.


Diego Oscar Ramos


        Amante de la palabra, en sus virtudes de reunir sentido y belleza, degustador apasionado de chocolate puro y caligrafías únicas, conversador virtuoso y linguista titulado, former campeón nacional de Tai Chi Chuan y diseñador de oficio, viajero intenso y adorador de su templo hogar en Villa Crespo, habitante sagaz de la sofisticación y la simpleza, Martín López es un gran creador de imágenes lúdicas. Y aunque le esquive reiteradamente al adjetivo de artista, esa aparente levedad de las redes sociales, donde ha ido publicando algunos de sus collages, ha evitado que cierta timidez o tal vez una feroz autocrítica dejara en sus cajones creaciones visuales que estimulan el pensamiento y el juego. Vaya entonces en esta entrevista, una oportunidad de indagar en la génesis de un arte que, a través de la combinación de imágenes de fuentes disimiles, puede generar un potente y disruptivo discurso visual.


- ¿Cómo es en sí tu historia en relación a los collages?
- Hubo un deseo de salir de la pantalla como medio de producción de imágenes y recuperar la relación física con los materiales. Reconozco en el paso por imprentas, estudios de diseño gráfico y de fotografía un aprendizaje técnico valioso. Después, necesité volver a ensayar aproximaciones lúdicas a la imagen y lo hice probando con el dibujo, la pintura, la caligrafía y finalmente el collage. Si me preguntás por una historia más temprana, cuando era chico dibujaba durante horas. Unas miniaturas de un nivel obsesivo de detalle, plantas de fortalezas o estaciones espaciales con una visión quizás aún más ingenieril que plástica. Un mundo que una persona bautizó “Hombrecitos, estructuras, guerras” y describió, veraz y lapidaria, como el punto más alto de mi carrera artística, a mis 8 años. No recuerdo haber experimentado en aquella época con collage.


- Me gustaría que me hablaras del collage como espacio de operación de sentidos y zona de trabajo artístico.
- El collage vino a liberarme de la línea. Tanto en los papeles que cubro con pintura como en los que todavía mancho con tinta me cuesta reconciliarme con mi línea, que reconozco pobre, inmadura. Encuentro en el collage algo del orden del anonimato. Me siento a gusto con eso. Las imágenes significaban en su contexto original y adquieren otro significado al ser redescubiertas, remixadas. Y hay, generalmente, bastante humor en esta operación. Es un gesto de alteración. El collage exhibe el orden artificial de las cosas.

- ¿Qué es lo que te entusiasma de esta forma de expresión estética en relación a todas las maneras que conocés y has desarrollado, desde la escritura al propio análisis lingüístico?
- El collage funciona exponiendo y explotando las operaciones de asociación y permutación. Estos mecanismos de la mente descriptos por el psicoanálisis se abordaron desde el surrealismo o el dadá con resultados encantadores. De Max Ernst a Hausmann, es algo que estaba en el ambiente. Imposible no pensar en la interpretación de sueños y los fotomontajes de Grete Stern. Se puede vincular estas investigaciones en el ámbito de la plástica con ejercicios en el campo literario. Sin detenerme demasiado, me vienen a la cabeza el cadáver exquisito o el cut-up. Pero, personalmente, pienso que son ejercicios que no llegan muy lejos. No me interesa el ready made literario. La relación entre la palabra y el pensamiento es otra, sujeta a otras determinaciones, susceptible de otro tipo de juegos.



- ¿A quiénes sentís como parte de tu familia estética y a quiénes como tus maestros o modelos?
- Admiro muchísimo a los artistas que mencionaba antes, los del periodo de las vanguardias. En el otro extremo hay diseñadores gráficos haciendo cosas muy buenas, con una simpleza y un sentido de la composición que envidio. Pero no siento que participe de una familia. El imaginario de la vanguardia -más allá del abismo que me separa de esos maestros- cobra un sentido distinto cuando se lo revisita hoy fuera de su campo de acción y confrontación original. Las tendencias que se pueden advertir en los buenos collages surgidos en ámbitos como las facultades de diseño suelen gustarme más de lo que me representan. Puedo mencionar, sí, al artista Nicolás Bai como maestro y modelo. Las conversaciones con él y su obra de dibujo, pintura y collage son probablemente la motivación más directa que tuve para animarme hacer mis propias pruebas.



- ¿Cómo se fue conformando el universo visual de tus trabajos, cuando fuiste eligiendo el tipo de materiales que sí podían ser parte de los collages?
- El hábito de recorrer librerías de usados me pone en contacto con libros y revistas atractivos por su valor estético. Hoy, por ejemplo, compré a cinco pesos un manual de prosodia despedazado solo por una página bellísima que lista medios de adivinación: ictiomancia, lampadomancia, lecanomancia, necromancia y rabdomancia. Respectivamente: adivinación por medio del movimiento de los peces, de la luz de las antorchas, del sonido de las piedras al caer, de la evocación de los muertos, de las venas de agua subterránea. Del mismo modo, aparece un manual de gimnasia danesa con decenas de posturas de una rigidez inverosímil o un tomo enorme titulado “Mil aspectos de la tierra y del espacio II”. 

Unos entran por la palabra, otros por la imagen. Ante ambos uno piensa: algo hay que hacer. Así la biblioteca de libros para mirar empezó a crecer a la par de la biblioteca de libros para leer. Y en algún momento apareció también, no sin negociaciones intensas con los reparos de lector fetichista, una biblioteca de libros para recortar. El ojo se fue entrenando para descubrir en los estantes de libros viejos el manual de patología con grabados o la revista con fotografías de los años cincuenta impresa en páginas opacas. Y para descartar rápidamente la década en que la ilustración a color se puso de moda en los libros didácticos o la que le sucedió con enciclopedias fotográficas de mala calidad. De todos modos es una cuestión de gusto. Cada generación define de manera distinta los criterios con que valora algo como retro y desestima lo simplemente viejo. Creo que muchas de las imágenes que me atraen están fuera del canon del diseño actual. “You’re from the seventies, but I’m a nineties bitch”, resume una canción synthpop. Linda para escuchar en auto, por cierto.

- ¿Qué criterios básicos usás para sentir que un collage está terminado y conforma tu sentido estético y tu voluntad de expresión?
- Finalización, conformidad, voluntad: cuántos conceptos reacios al collagista dubitativo, maníaco. Algunas veces es evidente que hay que detenerse. Se produce un encuentro poderoso entre un par de imágenes ante el que hay que rendirse. Otras veces las posibilidades combinatorias son tantas que opto por fotografiarlos en algún estado y continuar jugando a permutar elementos. En estos casos vuelvo al medio digital, traiciono quizás el encanto del papel, pero no el juego de asociaciones y de pruebas, que esta vez se hizo con las manos.Me gustan las series. Avanzar en una serie productiva es como seguir una veta de un mineral precioso. Si hay un principio constructivo poderoso, si este hallazgo acontece, la producción fluye. Eso no ocurre con frecuencia en mi caso. Lamentablemente es por esta razón -más que porque la producción artística no sea mi medio de supervivencia- que no me definiría como un artista. Me siento más próximo a otras figuras más modestas. Pienso en el coleccionista, en el editor. Personajes cuyas tareas tampoco tienden a finalizar.


- ¿Hay algún tipo de mensajes globales de tu obra que sientas que se repitan a la hora de realizar y dejes que surjan adrede, sin que trates de no repetirte y los guardes en un cajón?
- Hay recurrencias en los procedimientos que uso. Las cabezas trocadas o las figuras zoomórficas, por ejemplo. Se deben tanto a mis preferencias como a las limitaciones de mis recursos. No encuentro algo como un mensaje global. No hay un mensaje manifiesto y ni en consecuencia un temor a que la repetición de este detenga el proceso, cajonee el collage. Lo que está en cajas es lo que todavía no descubrió su forma. Realmente no llego a ver mis ensayos con una envergadura de obra. Me interesa el proceso. La gratificación del hallazgo. A la que sigue, a veces, después, el gusto por compartirlos.


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