Desde
Estados Unidos, donde está trabajando en la pre producción de su primer disco
solista, el pianista y cantante Maxi Artale habla en esta entrevista del
proceso de creación de sus canciones. Conocido por sus trabajos como
tecladista y segunda voz de la banda de reggae Chala Rasta, Artale tiene una
escuela de canto, ha trabajado como sesionista para proyectos musicales
diversos y compuso bandas sonoras para películas y comedias musicales.
Diego Oscar Ramos
- ¿Por
dónde estás abordando tu inicio de carrera solista?
- Es un
poco caótica. La verdad es que todo esto llega en un momento de mucho cambio.
Se fueron abriendo diferentes caminos y hubo que tomar muchas decisiones en el
medio. Inclusive fui seleccionado por la Universidad Nacional del Arte este año
para estudiar un mes de intercambio en Brasil con la beca MAGA, lo cual
implicaba representar al país en otro lugar, realizar conciertos. Creo que van
a sacar un libro de todo lo que suceda allí y la verdad que me hubiera gustado
participar, pero tuve que terminar dejando de lado esa oportunidad porque se me
superponía con todo lo que estamos haciendo para este proyecto. Yo vengo
de una formación clásica, mezclado con la realidad musical que nos rodea a
todos. De estar viendo en un momento la forma que usaba Beethoven para sus
obras a estar escuchando Led zeppelin al rato, o de estar viendo videos de
Pavarotti o Juan diego Flores cantando a analizar qué hace Stevie Wonder en los
agudos. Contento de estar en la época en la que vivió Spinetta y Ceratti, donde
sonaba Charly y Fito. Y tocado en el medio por el Hip Hop, el R&B, el
Funk, el Jazz que me traen los amigos, la cumbia que escuchaba de chico y que
sigue sonando en donde vivo, el Folclore de a ratos y Chala Rasta. Toco hace 4
años con ellos y tengo una comunión absoluta con el reggae. De todo eso van
saliendo cosas, siempre con mucho respeto. Por lo pronto, estoy grabando
en 432, como para amigarme un poco con el agua. Todo va a estar en esa frecuencia,
a excepción de algunos sonidos y para cumplir alguna función. Me gusta jugar a
que lo que hago es surrealista, o que puedo figurarte un ruido que tengo en la
cabeza o una sensación en el movimiento del sonido.
- Estoy
pudiendo darle bastante tiempo a cada canción para que madure, de hacer
interconsultas con mis amigos músicos, aprovechando que nadie me corre. Cada
una va a tener su clima y la sonoridad y estilo que mejor le cuaje. Cuando
amerita trato de usar algo del filmscore, de la música incidental. Estuve muy
en contacto con el cine el último año, inclusive componiendo música para
algunos cortos, así que inevitablemente ese elemento está presente. Me
interesa mucho la imagen y la actuación, y por suerte tuvimos la oportunidad de
grabar el video de una de mis canciones en Hollywood, en los estudios de la CBS
con una buena producción. Lo dirige Vanesa Prieto, mi gran compañera, que es
una directora que se viene con todo. Tenemos actores increíbles que
colaboraron, de Argentina, de España y de Estados Unidos, y un equipo de
trabajo buenísimo. Estamos buscando alternativas para presentar cada cosa. Me
gustaría volver a algunas sonoridades e ideas que se tenían acerca de todo lo
que implica tocar y escuchar música o vivenciar el arte que se fueron perdiendo
y que, con las posibilidades que tenemos hoy, los nuevos
instrumentos y la respuesta rápida del que lo recibe, tienen un potencial muy
grande. En la antigüedad y hasta hace no mucho tiempo, la gente en general le
daba tiempo a la apreciación y la obra cobraba otro valor, tenía otro proceso;
no era todo tan descartable. Hay que ganarle un poco a la escucha efímera que
hay hoy, que yo mismo tengo. Esperamos poder aportar algo.
- ¿Qué
implica para vos integralmente el cantar?
- El
canto es, desde el principio de los tiempos, nuestra forma primera de
expresarnos. Hay dos cuestiones: el canto de por sí libera y armoniza, y por
otro lado, implica un estudio apasionante. En mi caso, el sonido en general me
ayuda a lidiar con diferentes perturbaciones con las que todos vivimos cuando
elegimos conectarnos un poco con los sonidos y los colores que están todo el
tiempo ahí, pidiendo entrar. Desde siempre encontré en la música y sus
diferentes variantes, un canal en el cual uno se puede investigar, hacer una
introspección y abrirse. Con el canto particularmente, la sensación de sentir
el cuerpo vibrando es única, y el camino a seguir cuando elegís formarte y
entrenar tu instrumento es, por lo menos, difícil de comparar con cualquier
otra cosa. Es una forma de vida que te obliga a conocer tu cuerpo y amigarte
con él, a estar en armonía con vos mismo. Está bueno, tenés que aprender a
romperte, a bajar el ego y a sacrificarte. El estudio del canto es arduo y paga
a cuentagotas, pero pienso que es de lo que más vale la pena, y todos deberían
transitarlo un ratito, sobre todo los que se dedican a cantar.
- Según
he leido, has tenido un periplo de profesores hasta que diste con una maestra a
la que sentiste como tu gran formadora, ¿qué es lo que sentís que fue lo más
importante que te ha enseñado? ¿Por qué?
- En
realidad te puedo decir que encontré finalmente 3 grandes formadores, con dos
de los cuales sigo trabajando. Pero sí, tuve que pasar por muchos antes, un
poco porque debo tener una personalidad difícil y otro poco porque no
encontraba lo que buscaba. Por lo general, cuando estudiás la voz, la mayoría
de los profesores utiliza imágenes y sensaciones subjetivas para intentar
transmitirte su conocimiento. Es un método que está bien, existe y le ha
servido a muchos cantantes, pero yo sentía que necesitaba otra cosa para llegar
al sonido que buscaba, y en el camino me fui encontrando con un universo que no
me imaginaba que existía. Empecé en el Colegio Nacional Adrogué, donde
intuitivamente me metí en el coro y conocí al gran Ricardo Barrera, con el que
descubrí el mundo en el cual terminé invirtiendo todo mi tiempo. Viajamos,
competimos, aprendí, conocí la música coral, de cámara y de ópera. Un flash. Él
fue el que me dejó creer que es mentira la idea de que el artista se tiene que
dedicar a otra cosa o se muere de hambre, siempre y cuando te dediques de lleno
y te formes. Después terminé dando con dos grandes maestros que, a su manera,
manejan un camino distinto al convencional en el estudio del canto, sin
tapujos, sin tanto protocolo y yendo más al hueso, relacionando toda emisión
con un movimiento muscular. En primera instancia, Verónica Glass.
- ¿Qué
trabajaste con ella?
- Lo
interesante fue que me propuso ir por la línea que ella había estudiado el
último tiempo con Seth Riggs (profesor de Stevie Wonder, Michael Jackson, Ray
Charles; una leyenda): arrancar de cero el estudio desde lo muscular, sin
fórmulas mágicas y sin esperar resultados a corto plazo. No te podés poner a
hablar de apoyo si antes no solucionás las tensiones que te impiden conectar tu
instrumento, o si no tenés mínima noción de cómo se mueve tu cuerpo.
Naturalmente uno sabe cómo emitir un sonido sano, el problema es que eso se va
olvidando. No hay sonido más potente en relación que el llanto de un
bebé, y al nene nadie le dijo que tenía que aprender a respirar. Hay que
desaprender todo lo mal aprendido durante años. Fue medio traumático porque los
ejercicios que manejamos son muy distintos a la vieja escuela, pero bajo premisas muy claras pudimos
trabajar mucho tiempo juntos. De ahí, se abrió la puerta y, deudas de por
medio, pude tomar clases directamente con otros grosos mundiales como Greg
Enriquez, John Henny, Wendy Parr. En el medio conocí a Guido de Kehrig, eximio
cantante del colón y un excelente formador. Lo primero que noté fue que todos
sus cantantes eran buenos, por lo que algo bien hacía. Encarando los conceptos
desde otra perspectiva, su método se terminó conectando con muchas de las ideas
que venía estudiando paralelamente. Ambos me ayudaron y me siguen ayudando con
toda su excelencia, es una suerte contar con su respaldo.
- En una
época te entrenaste haciendo versiones de canciones
de Stevie Wonder. ¿Qué te brindó esa metodología?
- Sí, me
encerraba 3, 4 horas, 2 o 3 veces por semana a grabar la misma canción mil
veces. La grababa, la escuchaba un poco y la borraba. Cambiaba el micrófono de
posición, la forma de decir, la intención, etc. Es una forma de estudiar que me
inventé para tener una respuesta brutal de lo que estaba haciendo, y para ver
qué de toda la información que había recibido estaba bajando al cuerpo. No
quería caer un día en un estudio y darme cuenta que se me había escapado algún
detalle importante. Estudiaba técnica un rato y después me ponía a grabar. La
mayoría de las veces, terminaba la sesión porque me había cansado de que no me
guste lo que hacía, o porque no salía. Pero después uno se amiga con todo eso.
Es un entrenamiento aparte, como el tipo que se queda pateando tiros libres
después de hora. Ahora hago lo mismo con mis canciones. Se aprende mucho de ahí
y también de enseñar o acompañar el estudio del canto de otros. Cuando ves a
otros laburar, por empatía te caen fichas a vos mismo.
- Sos
amante de la música negra, la llamada black music de origen norteamericano,
ligada al soul, al funk, ¿qué sentís que le ha aportado al arte del mundo?
- Y… mucho.
Casi todo lo que escuchás ahora es una mutación de esa música, del blues y del
jazz. Por ahí se perdió un poco la conexión con todo lo otro, con los avances
que hubo en la música clásica: las formas, el clima que te daban las obras, las
óperas, los ciclos de canciones, etc. Lo mismo pasa con las músicas
folclóricas. Tenés muchos elementos dando vueltas, aislados. Siempre me pareció
medio rara la división entre música popular y música académica, casi elitista,
siendo que la música académica de ahora es la música popular de antes. Como
sea, la música góspel te da voces increíbles, ritmos y formaciones de bandas
buenísimas. De ahí, el funk, el reggae, el blues, el jazz. La música góspel nos
liberó de un montón de ataduras, nos dio alas nuevas. Si no hubiéramos tenido
eso, ahora no tendrías rock. Y sin rock, no tenés nada.
- ¿Qué
dirías de tu trabajo con instrumentos?
- Creo que todo lo que sirve para
expresarse es válido. También dibujo y estudié actuación. Y siempre ando
tratando de aprender algo de algún instrumento nuevo, porque cada uno encierra
un mundo apasionante al que tranquilamente le podés dedicar la vida entera y te
va a seguir sorprendiendo hasta último momento. Cuando tenía 2, 3 años, copiaba
las cancioncitas que vienen en los teclados de juguete. De ahí para adelante,
aprendí a tocar todos los instrumentos que tuve cerca de forma autodidacta.
Tocar es como una terapia, es donde encuentro un poco de paz. Lamentablemente y
por suerte, en mi caso no se dio la historia del nene que estudia desde los 4
años. A fin de cuentas, calculo que eso te da otra impronta. La realidad
es que siempre usé los instrumentos para mí, para conectarme. Después como
medio de vida, laburando de sesión o enseñando. No me gusta la cosa ególatra
del artista que necesita mostrar para que lo feliciten, no me pasa. Pero me
fascina la conexión que podemos tener entre todos por medio del arte en todos
sus lenguajes. Ahí es donde me amigo con la idea de abrir lo que hago puertas para
adentro.
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3 comentarios:
Buenísima nota :)
Buenísima nota :)
Buenísima nota :)
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