TEXTO
Canibalismo
Rito, sacrificio, tabú
El comer el cuerpo de otros hombres ha sido una
práctica que, sometida a distintos grados de prohibición o trasladada
finalmente al lugar del símbolo, ha estado presente en buena parte de nuestra
historia como humanidad.
Diego Oscar Ramos
Seguramente pocos actos nos
enfrentan con todas las dimensiones de lo humano, las que aceptamos
gustosamente y las que rechazamos con disgusto, como la sexualidad y la muerte.
Y si parte de lo que nos fue instalando como seres de la cultura en los
rincones más remotos y los tiempos más diversos ha sido establecer reglas de
prohibición de con quiénes tener relaciones sexuales y en qué circunstancias es
lícito dar muerte a otro ser de la misma especie, el acto de comerse un
congénere ha tenido una presencia muy fuerte a lo largo de nuestra historia
como humanidad. Hoy puede parecer horroroso, más allá de que algunas crónicas
policiales den cuenta cada tanto de la permanencia de su práctica en casos de
graves patologías mentales, pero el hecho de comer carne humana no siempre ha
tenido el carácter de tabú que hoy comparte con formas de la sexualidad como el
incesto o la necrofilia.
El registro más antiguo de esta
costumbre se halló en la cueva de la Gran Dolina, en Burgos, España, donde
grupos de homínidos fabricaban herramientas y compartían su alimento
proveniente de caza o recolección, cuando arqueólogos descubrieron que junto a
restos de huesos troceados y raspados de jabalíes, bisontes o ciervos había
restos óseos también troceados y con marcas de descarnamiento de dos niños, dos
adolescentes y dos adultos jóvenes. La conclusión de los especialistas fue que
no se trataba de un procedimiento de tipo ritual o religioso, sino más bien de
“canibalismo gastronómico”, por parte de un grupo homínido que cazó a otro para
alimentarse. Este antecedente coincide con un reciente descubrimiento en la
cueva de Shanidar en Irak, de un hueso de Neardenthal atravesado por una flecha
que habría sido arrojada en forma de jabalina, algo que por su estructura
corporal no podía realizar, lo que ha dado lugar a la hipótesis de que resultó
presa de un homo sapiens, con quienes habrían convivido apenas unos 5 mil años
antes de extinguirse. Esto confiere en una reciente entrevista en el periódico
Página 12 el arqueólogo argentino Fernando Ramírez Rozzi, quien encontró en una
cueva de Francia un fragmento de mandíbula con morfología de Neanderthal con
marcas de cortes similares a las que había en huesos de animales allí
presentes, lo que refuerza la hipótesis de primitiva cacería entre homínidos.
De alguna manera, casi no podríamos
hablar de canibalismo, porque el término refiere al acto de alimentarse con
miembros de la propia especie, proviene de la deformación de la palabra
“caribe” o “cariba” del idioma taíno, etnia nativa de América que Cristóbal
Colón encontró en la isla de La Española en su primer viaje, quienes al atacar
a otras tribus hay testimonios que indican que capturaban a niños a los cuales
castraban y criaban para comérselos. La palabra, que para la etnia originaria
significaba “audaz” u “osado” terminó convirtiéndose para los europeos en
“comedores de carne humana”, concepto para el cual es más apropiada la palabra
“antropófago”. Sea como sea, el concepto terminó estigmatizando a los nativos
del llamado nuevo continente, ya que, como establece el sociólogo francés David
Le Breton en su trabajo “Éste es mi cuerpo. Comer carne humana”, lo que Colón
termina haciendo es producir “el mito del salvajismo primitivo opuesto a la
razón europea”, incluso haciendo descripciones de segunda mano, guiado por
relatos de algunos nativos de etnias enemigas de los caribes, que hablaban de
la presencia en nuestro continente de “hombres con un solo ojo y otros con
hocico de perro, que comían seres humanos y que, cuando lograban apresar una
persona, la degollaban, bebían su sangre y le cortaban las partes naturales”.
Lo curioso que plantea Le Bretón es que en Europa existía por entonces toda una
tradición de utilizar partes del cuerpo humano provenientes de cadáveres para
generar medicinas de todo tipo, desde grasa a huesos, cerebro o sangre
destilada.
“Solamente el trabajo del tiempo y el cambio
de las mentalidades condujeron a la repulsión hacia estas medicinas que,
sutilmente en la tradición científica, dejaron de ingerirse por la boca, para
administrarse de manera menos ambigua por otras vías corporales”, indica el
sociólogo en referencia a procedimientos que se inventarían mucho tiempo
después, como las transfusiones sanguíneas, el transplante de órganos o el uso
de cosméticos en base a placentas. Posteriormente el teórico comenta que la
única manera en que el ser “civilizado” occidental puede llevar hacia lo
posible y sacar del lugar del espanto a la antropofagia es cuando la ingesta se
da en situaciones donde está en juego la supervivencia, por lo cual no se
estaría viviendo la transgresión absoluta implicada en comer carne humana por
placer o gula. Señala Le Breton, además, tomando al antropólogo Claude Levi
Strauss, que “la relación sexual y la alimentaria son socialmente pensadas en
el mismo registro simbólico”, lo que hace que el acto antropófago, tanto como
las violaciones a determinadas formas de relaciones sexuales, pone al infractor
por fuera de lo que se considera civilizado, salvo que se haya dado la ingesta
en contextos extremos de necesidad de sobrevivir. Así y todo, aunque el acto se
haya dado, por ejemplo, en situaciones de guerra o aislamiento por accidentes,
como indica el sociólogo, “surge la cuestión de los límites de la condición
humana y el horror de la transgresión desafía el anhelo de sobrevivir”. Ahí es
cuando hace la aparición la religión, para darle un carácter sagrado al acto,
como indica Le Breton en base a casos de sobrevinientes de guerra que para no
enloquecer, han apelado casi obligadamente a a sacralizar el acto que, de otra manera,
sería insoportable de llevar en su conciencia.
“El canibalismo es una forma extrema
de sacrificio humano en la que, no sólo los dioses se benefician del alma, sino
que los hombres aprovechan la vitalidad de la víctima. Ninguno de estos ritos
están motivados por la crueldad, sino por la piedad: la víctima, al ser
sacrificada, obtiene un destino mejor que el que le esperaba en vida, entra en
contacto con el mundo de los dioses; la comunidad, por su parte, gracias al
sacrificio, restablece el equilibrio cósmico y satisface a los dioses
tutelares”, explica el intelectual español Ernesto Milá en su artículo “La
religión del canibalismo y el sacrificio humano”, donde observa que esta
práctica en diversas culturas buscaba en general “absorber la energía vital del
difunto que unos pueblos situaban en el hígado, otros en el corazón, algunos en
el cerebro y muchos en la sangre”. Lo que Milá observa, a lo largo de su
trabajo, es que estas prácticas, lejos de realizarse en la América donde Colón
creyó ver la cuna del canibalismo, se han dado en toda la historia de la
humanidad, en el planeta entero. Así, relata el horror que sintió en Nueva
Guinea el navegante, explorador y cartógrafo británico James Cook cuando pudo
ver como un sacerdote comía los ojos de la víctima del sacrificio. Luego
menciona que en Hawaii ciertas etnias seccionaban la cabeza y las extremidades
del sacrificado para ser distribuidas entre los jefes de los clanes, mientras
el resto del cuerpo era troceado y repartido entre miembros inferiores jerárquicamente.
Por otra parte, reconoce que la costumbre de comer la cabeza, especialmente el
cerebro, se ha indicado como una costumbre ritual de pueblos europeos de la
etapa paleolítica. En el icónico libro “La rama dorada”, por su parte, el
antropólogo Robert Frazer detalla toda una serie de rituales ligados muchos de
ellos a la agricultura, donde se realizaban sacrificios humanos que terminaban
en canibalismo ritual. Menciona el caso de una joven siux a quien una tribu
pawne sacrificó como pedido de abundancia de maiz en las cosechas, siendo
comido su corazón por el jefe de la tribu, mientras el resto de su carne y su
sangre, luego de ciertos procesos, se usaron para frotar o salpicar todo tipo
de alimentos. Este tipo de ritual lo encuentra, en formas generales, repetido
anualmente en tribus de Benim Guinea, con la diferencia de que todo el cuerpo
sacrificial era comido. En india, indica que la raza de los gondos, hacían
sacrificios de brahmanes, con un procedimiento similar.
Muchos otros
casos son detallados por Frazer, aunque cabe aclarar que en no todas las
culturas sacrificales la víctima era devorada. La antropología, la arqueología y la historia
contienen decenas de registros que hablan de la manera en que los aztecas y
mayas sacrificaban y comían a guerreros enemigos capturados, también se hace
mención a civilizaciones guaraníticas que buscaban adquirir aptitudes y
capacidades del sacrificado, entre otras costumbres rituales de culturas meso y
sudamericanas, bastante similares a las encontradas en tribus africanas y
polinésicas en distintos períodos. La progresiva “civilización” del mundo bajo
el ala occidental judeocristiana ha hecho que el sacrificio humano y el
canibalismo, como bien lo indica Milá, fuesen sublimados, en la figura de un
Dios hombre que se sacrifica por todos los demás para salvarlos. De todos
modos, el acto mismo de comer otro ser humano, suele aparecer en las noticias
policiales, con cierta periodicidad, aunque ya no en el contexto social y
ritual, sino como extremas patologías de personas que, valga la paradoja, esta misma civilización parece generar. Tal
vez se trate de una manifestación individual lo que
asegura el intelectual español en su estudio: “Todos los pueblos de la
tierra albergan un momento en el que sobre ellos planea la sospecha de haber
practicado el canibalismo o realizado sacrificios humanos. En ocasiones estos
se han abandonado para luego retornar con extrema ferocidad ante una situación
nueva”.


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