“La música y lo social son dos pasiones muy fuertes, ninguna de las dos puede andar separada”.
Diego Oscar Ramos - Revista Uno Mismo - 1996
"La esperanza es un don en mí", cantó alguna vez Caetano Veloso, sin saber, seguramente que sus palabras cantadas podrían servir de ofrenda a un pianista argentino cuyo crecimiento profesional fue paralelo al de su pasión por las causas sociales. Es que, fue en el mismo proceso en el que puede decirse que Música Esperanza, la organización humanitaria que creó en Paris en 1982, después de tres años como preso político en Uruguay, es su obra esencial, la que constituyó junto a una forma suya de encarar un repertorio de concierto que podía unir a Bach, Beethoven o Chopin con Messiaen, Bartok, Guastavino, Piazzolla o Yupanqui. Según Estrella, quien impulsó en su vida el compromiso social militante fue su esposa Marta, cantante y pianista, a quien conoció poco después de llegar a Buenos Aires desde Tucumán y quien solía acompañarlo cantando en presentaciones en lugares marginales. Y si bien ella ya no estaba cuando el músico tuvo su período preso en Uruguay, fue su gran compañera quien se convirtió en un referente espiritual en tiempos de tortura y soledad. Tanto como en su decisión de crear Música Esperanza, la fundación adjunta a la Unesco, que trabaja desde la música – a través de talleres musicales y conciertos en barrios populares, villas de emergencia, escuelas de bajos recursos o diferenciales, hospitales, geriátricos o cárceles - para lograr la dignidad de las personas, la promoción de artistas jóvenes y la comunicación como base para la paz, en países de la Comunidad Europea, Europa del Este, Oriente Medio y América Latina. Ciudadano universal y eterno hombre del monte santiagueño donde se crió, Estrella logra fascinar con sus palabras de contador de historias místicas del interior de la Argentina, tanto como deja entrever el rol de una familia funcional para el desarrollo de una persona, ya que nunca se olvida de destacar la fuente afectiva comunal que enmarcó su formación como músico y persona, un saber que la urbanidad no suele enseñarnos, pero que en Estrella se volvió música y abrazo compartido.
- ¿Sus padres tuvieron mucha influencia en su dedicación al arte?
- En realidad fue toda la familia. Hubo personajes muy importantes en mi vida de niño y adolescente. Mis padres eran una pareja que se amaba intensamente, muy diferentes uno del otro, pero los dos muy apasionados. Mi madre había nacido en Vinará, la familia era muy pobre y, como maestra rural, ella era el sostén para que los hermanos más chicos se educaran. Ella ardía de fruiciones y de deseos de un amor fuerte, tenía una fiebre intelectual y poética muy grande. Cuando mi abuela tenía jaquecas se disfrazaba de monja, hablaba como andaluza y rezaban juntas el rosario. Mi abuela no reconocía a su propia hija, de tan buena actriz que era. Se disfrazaba de gitana y tampoco la reconocían. Llegó a montar una troupe de teatro con campesinos, con la que hacían Barranca Abajo, de Gregorio de Laferrere. A los 20 años fundó una biblioteca. Conoció a mi viejo cuando fue a Tucumán, vestida de turca ambulante. Él era árabe y venía escapándose de Bolivia, a los 19 años, perseguido por ser socialista. Logró entrar en Jujuy, donde trabajó en un ingenio, pero él escribía, por eso sus amigos le hicieron una peña en Uruguay para que pudiera leer sus poemas. Allí cayó ella, siempre ávida de todo lo que tuviera que ver con la literatura, ese era su hábitat, recitaba de memoria a Almafuerte, Amado Nervo, Bécker, José Asunción Silva. Y lo hacía con un garbo y una polenta, que a nosotros se nos paraban los pelos de punta cuando lo escuchábamos de chicos. En esa peña se conocieron, fue un metejón a primera vista. Él le dijo: “Me encanta estar con vos, pero vivo perseguido”. Ella no se inmutó, quedaron en que si él se encontraba en peligro le haría llegar un telegrama y ella vendría a caballo a buscarlo. Ese telegrama en clave llegó, ella lo fue a buscar y se lo llevó al rancho. De trece hijos, había diez varones celosísimos de la hermana, ¡y encima que apareciese con un turco! Pero como mi viejo era un seductor de primera, se la metió en el bolsillo a mi abuela, se puso a trabajar la tierra, era muy buen agricultor, y se casaron en poco tiempo.
- ¿Y cuál de ellos le legó la pasión por la música?
- Bueno, mi viejo cantaba y tenía una hermosa voz, y mi vieja bailaba. No era entonada, pero bailaba maravillosamente bien el folclore, ¡con una gracia! Uno de mis primeros recuerdos es verla bailando chacareras y gatos con Atahualpa Yupanqui, que era muy amigo de mi padre, había una complicidad política entre ellos. Atahualpa marcó muchísimo nuestra infancia, mi hermano Jorge y yo cantábamos casi todo su repertorio que, junto con las zambas de los Hermanos Ábalos, era mi mundo musical. Además, mi vieja tenía una hermana y un hermano que tocaban la guitarra. Mi tía María Teresa vivió hasta el fin en Vinará, era maestra rural e investigaba la relación que había entre las leyendas santiagueñas referidas a animales como la vizcacha, el escarabajo, la langosta o la serpiente con la vida real de esos animales. Ella tocaba la guitarra y era muy hermosa, era una especie de fijación que teníamos los chicos, nos escondíamos para verla salir de las tinajas en que se bañaba, era un espectáculo. Y para mí la guitarra de ella está completamente ligada a lo sensorial, a la sensualidad.
- ¿Fue su padre el que estimuló su gusto por la música clásica, al hacerle conocer el piano en un concierto?
- El me llevó al primer concierto que escuché, la Orquesta Sinfónica de Tucumán, que era una de las mejores de Latinoamérica. De pronto apareció una mujer, una polaca, y empezó a tocar el Concierto en Mi menor de Chopin. A mí me enloqueció esa música, definió mi vocación, empecé a decir que quería ser pianista. En esa época se hablaba mucho de niños prodigio, como Marta Argerich. Y les decía a mis viejos: “¿Por qué ellos sí y ellos no?” Mi madre comenzó a tocar todas las puertas posibles en Tucumán, hasta que llegó al director de la orquesta, que le dijo: “Señora, todos los días hay mamás que me vienen a decir que tienen un Mozart en la casa”. “Yo sólo le digo que creo que tiene condiciones para la música”, contestó ella. Lo hartó, entonces él le dijo que me trajera. En la prueba, el director me puso una partitura y dijo que tocara, pero para mí era chino. Entonces me preguntó qué sabía tocar y le dije: “Cualquier zamba de Atahualpa, ¿cuál le gusta más? Pero él ni lo conocía y me dijo que tocara lo que me gustara. Cuando terminé dijo: “No está mal, pero, ¿no sabés tocar nada clásico?”. Toqué una pieza de Tchaikovsky que había aprendido de un disco, pero a los dos compases me paró. “No, eso es malo”, dijo. Y después me puso en otro piano, de espaldas a él, para que yo reprodujera lo que él tocaba. Salió y le dijo a mi vieja: “Este chico nació para ser músico, pero acá no hay quien enseñe bien el piano a los niños, le doy un consejo, mándelo a Buenos Aires, porque ese va a ser el camino”.
- ¿Y qué hizo su madre?
- Ella hizo concilios de familia, vio a muchos otros músicos del lugar y cada vez que volvía de la escuela, era maestra rural a 70 kilómetros de Tucumán, yo era un tábano, molestándola con mi pregunta: “¿Cuándo me voy a Buenos Aires?”. Hasta que un día me dice: “Mirá hijito, vos vas a ser pianista, pero no ahora, tenés doce años, estás en el umbral de la adolescencia, no podés entender las complicaciones que eso tiene, pertenecés a una familia numerosa, que te ama y que vos amás. En Buenos Aires es muy difícil que las familias tan grandes se vean todos los días, allá la gente no vive en plural, viven para sí, muy encerrados en sí mismos. Por otro lado tu padre y yo queremos que siempre seas del Norte, de adolescente, de joven, de maduro, hasta que te mueras, porque alguien que tiene raíces muy fuertes puede volar muy alto. No lo entendés ahora, pero vas a ser pianista, porque en el consejo de familia, todos tus tíos y tías, además de tu padre y tu madre, hemos decidido poner todos los meses un poquito de nuestro sueldo en una alcancía, que va a ser tu beca para cuando termines el bachillerato. Tu compromiso es terminarlo y hacerte hombre en Tucumán”. Fue una historia de amor familiar. Cuando vine tenía dieciocho años y mis compañeritos del conservatorio tenían siete y me llamaban el abuelo. Mi vieja decía: “Vos seguí tu camino, tenés todo el tiempo”. Yo también tenía inclinación por la medicina, así que me dijo: “De todos modos, si eso no anda serás médico, no importa, pero tentá tu suerte, seguí tu camino como caballo sin anteojeras”.
- ¿Vuelve seguido a su lugar de origen?
- Y, para mí, todo el sentido mágico de la vida está enclavado en esa infancia y en esa adolescencia que nos marcó para siempre a mi hermano Jorge y a mí. Siempre necesitamos volver y en mis años viejos, de acá a 20 años, quizá vaya a vivir allí. Voy cinco veces por año ahora que vivo en París, así que te darás cuenta del imán que para mí representa esa tierra con sus leyendas. Yo soy cristiano, y cuando voy a Vinará siempre visito a mis muertos, sobre todo a mi tía María Teresa, que es la última que murió, hace diez años. Entre rezo y rezo le cuento los avatares de Música Esperanza, las dificultades de la vida. Y siempre hay alguna respuesta que sale de mí mismo. Hace unos años me desalentaba un poco de hacer Música Esperanza en un lugar tan perdido, donde no había agua ni electricidad, en zonas sometidas al éxodo rural. Ella me desalentaba, decía: “La gente acá es un poco perversa, no van a entender la generosidad que te mueve a vos, no te van a acompañar”. Mi tía me dejó un rancho de adobe y cinco hectáreas, donde empecé a construir la casa de Música Esperanza.
- ¿La construyó ahí mismo, a pesar del mensaje?
- Bueno, tenía mis dudas, pero un día decidí ir con un piano. Me puse a tocar chacareras y llamé a todos los músicos del lugar, a los músicos silvestres, claro. Y empezaron a acompañarme y se callaron en seguida. Me di vuelta y los vi con las cartas desencajadas, nunca habían visto un piano. Tenían los pelos parados y la carne de gallina, así que les dije: “!No sean cobardes, carajo, toquen¡”. Y estuvimos cinco horas tocando sin parar, como perros en celo. La música tiene eso, puede generar una cosa tan fuerte, el hecho de respirar juntos, de jadear, se parece mucho al amor.
- ¡Parece no haber nada tan colectivo e integrador como la música!
- Creo que es lo que se presta más a la comunión, porque cada cual recibe lo que necesita. No hay palabras que te conduzcan a este tipo de sentimientos. Hace mucho que me di cuenta que la música, en realidad, le habla a cada uno de manera particular. Desde los lugares más sofisticados de la Comunidad Europea, que son los países donde toco más, hasta las villas de Buenos Aires o los caseríos de la Quebrada de Humahuaca, siempre hay un comentario común: “Tengo la impresión de que usted ha estado tocando nada más que para mí, porque me despertó todo lo que tengo adentro”. Esa fuerza tiene la música. Y Música Esperanza existe porque ve la música como un espacio permanente en la lucha por la justicia, por una igualdad de posibilidades para todos. Sabemos que no es posible, pero lo decimos igual.
- Su vida y su trabajo podrían verse, entonces, como una especie de gesta.
- Nunca pienso en eso. La historia me dio un lugar en el cual me tocó vivir, no solamente la prisión, el secuestro y todo lo que vivimos decenas de miles de argentinos, sino también la infancia en un caserío santiagueño y toda mi adolescencia en un lugar como Tucumán.
- De ese pasado, usted parece haber recibido el don de la narración, como una influencia de los grandes contadores telúricos. Esa capacidad parece ser una de las vías con la que logra un vínculo con el público, la gente aprecia sus explicaciones y relatos antes de cada obra.
- En la cárcel, mis compañeros uruguayos decían: “Contanos cosas, chango, porque es mejor que ir al cine”. Bueno, hay una herencia, mi vieja era una mujer que contaba mucho el pasado de la familia y la historia. A veces me parece que soy como ella, contando. Después había un tío abuelo, don Dardo Giménez, que curaba de palabra a los animales y algunas enfermedades de los humanos. Él era el contador de casos, allá nos les decimos cuentos.
- ¿Esa distinción no le da a los relatos una cuota más de verdad?
- Sí, son cosas que ocurrieron. Siempre había reuniones en la casa de mi tío Dardo, había bandoneón, un par de guitarras, se bailaba. Pero todos esperábamos desesperadamente que él se pusiera a contar los casos, nos metía miedos terribles y estados de exaltación indescriptibles. Me acuerdo que cuando salíamos del rancho nos parecía que el pasto, que el árbol, todo vivía.
- Esas historias guardan seguramente enseñanzas vitales.
- Esa cuota de realismo mágico hacía que, cuando nosotros volvíamos a nuestro rancho nos quedáramos mudos, nos parecía que todo lo que pisábamos eran almas en pena. Y no es por casualidad que cada vez que voy a Vinará paso por el cementerio a conversar con mi tía María Teresa. Un día, en una reunión, dos parientes, uno de setenta años y otro de cuarenta, se pelearon a muerte para ser el referente de Música Esperanza en Vinará, ambos reivindicaban su amistad conmigo. La autorreferencia es contraria al espíritu colectivo que pretendemos imprimir a nuestra acción, por eso, en un momento me harté tanto que me levanté, fuera de mí, fui al cementerio, a la tumba de la tía María Teresa y le dije: “Tía, yo sé de todas las resistencias que vos tenías con que se haga Música Esperanza acá y mirá lo que pasó, vos lo debés saber desde donde estás”. Entonces, no es que mi tía salió con sus cabellos hasta las rodillas, como yo la veía cuando tenía cinco o seis años, pero hubo un silencio muy grande. Y en mi interior mi voz me hablaba con palabras de ella: “Decile que si han venido a pelearse que se vayan”. Entonces, como un autómata, volví a la reunión y al encontrarlos todavía discutiendo acaloradamente se los dije. Eso forma parte del realismo mágico que ha colmado toda mi infancia, en ese lugar perdido de Santiago del Estero.
- Cuando se encuentra en Europa, ¿busca ese tipo de referentes o guías?
- Si tengo que ir a países tan extraños como Bielorrusia, Ucrania, Finlandia o Suecia, me llevo cassettes que solamente escucho allí, de personajes que son la continuación de mi vieja, que siguen contando cosas hermosas, algunas muy graciosas y otras dramáticas, pero con el gracejo santiagueño, que es muy particular. Todos esos personajes y los terrores que teníamos los chicos cuando mi tío nos contaba casos terribles, aparecían cuando tenía veinticinco años y tocaba Brahms. Me enfrentaba con una obra suya de media hora de duración y empezaban a aparecer los miedos, las esperanzas, la ternura, el amor idealizado, la muerte, Dios, el diablo. Yo no entendía por qué una música que en el conservatorio la habían pintado como muy cerebral, muy elaborada, provocaba en mí esa zambullida en una infancia de realismo mágico en el Nordeste. Lo entendí a los 40 años, leyendo en profundidad sobre su propuesta. Brahms fue el primer músico que, intelectualmente, decidió pertenecer a una raíz cultural, su música está asentada en la balada nórdica, que tiene tres elementos, uno de ellos las leyendas, el sentido de lo fantástico. Entonces entendí por qué esa música siempre me hablaba de mi infancia en Vinará.
- Se nota en usted una gran fuerza espiritual, cuando habla y cuando toca. ¿El origen de esa fortaleza tiene que ver con esas fuentes culturales?
- Nunca pienso muy en serio en todo eso. Pero mi abuela, que era otro personaje fuerte de mi infancia, fue la que me dio la primera lección de solidaridad. Se sentaba en una galería del rancho y tenía una tinaja con agua. Entonces, cuando veía que pasaba un forastero por el camino, lo llamaba y le ofrecía un jarro, que en Vinará era muy bienvenido, hay muy poco agua en Santiago. Si la cara le era simpática, le preguntaba si le gustaba la música, entonces me llamaba: “Miguelito, conejito, cantále al señor”. Yo me bajaba del árbol y cantaba. Si la persona era muy simpática, ella decía: “Mi nieto sabe bailar también”. Y me ponía a bailar. Un día mi abuela me llama aparte, tenía el hábito de nunca ponerte en evidencia en comunidad por una falla, te agarraba solo, después, si no entendías, llamaba a la familia. Y me dice: “Mi conejito, he descubierto que es usted vanidoso, cuando la gente te escucha cantar se emociona y te ponés colorado, se te pone la piel de gallina. Y no está bien eso, porque vos tenés una gracia de Dios que es el canto”. Y para frenar mi vanidad, siguió: “Tu hermano Jorge hace las casitas de barro mucho más grandecitas que las tuyas y tu primo Aldo, que ha tenido poliomielitis, monta a caballo mucho mejor que vos, ¡mirá si a ellos les diera por ponerse colorados¡ Dios a cada uno le da su gracia, pero si vos te crees más importante porque cantás y bailás, la vas a pasar muy mal, hijito”. Me quedó para siempre. Capaz que en ese momento no entendí totalmente el mensaje, pero me acostumbré a que la música era un momento de felicidad, de comunión, de dar y abrir el corazón.
- El piano nace esencialmente como instrumento solista, teniendo todas las posibilidades armónicas de una orquesta. Parecería un instrumento no del todo propicio para generar valores solidarios.
- Digamos que el piano ejerce una fascinación sobre mí, es como un desprendimiento de mi cuerpo y yo soy un desprendimiento de él. Y me encanta tocar como solista, ser dueño de contar una historia cuando interpreto una sonata de Liszt o una de Beethoven. Tocar esas cosas solo, como mi tío Dardo. Pero ni bien empecé con el piano, cuando llegué a Buenos Aires, la providencia me puso en el camino a la que sería el amor de mi vida, en un colectivo. Me quedé clavado con un par de ojos negros y esa chica era pianista y cantante, tenía una voz hermosa, era como un imán para mí, necesitaba oírla cantar todos los días. Entonces, el piano comenzó a estar ligado a esa voz. Y cuando toco hoy el piano, nunca estoy solo en el instrumento. Después, pronto descubrí en Buenos Aires, la música de cámara. Trabajé muchos años con Lejerko Spiller en el Collegium Musicum, tenía dúos con un violinista, cuartetos. Y cuando empecé a romper la barrera de las divisiones que nos imponía el conservatorio con la música popular, toqué con músicos populares, y el piano se fundía maravillosamente con sicus, quenas o guitarras.
- ¿Lo matemático de la música fue alguna vez para usted un escollo para sentir lo espiritual en una obra?
- Lleva tiempo no caer en el fundamentalismo de la intelectualidad. Cuando descubrí que una fuga de Bach empezabas a leerla de izquierda a derecha o de derecha a izquierda y sonaba lo mismo, porque era un trabajo de un cerebro privilegiadísimo, te tentás, volviéndote un fundamentalista de la estructura. Yo pasé por esa etapa de decir: “Cuando la frase termina aquí hay que cambiar de dinámica, cambiar de color”. A veces eso no pegaba con lo que yo sentía respecto de la expresión artística que había detrás del intelecto.
- De todos modos, en su reclusión, la cuestión del análisis formal de la música de Bach le sirvió como defensa ante situaciones como la soledad, el aislamiento e incluso la tortura.
- En las sesiones de tortura hubo momentos que detecté que la forma de hacer frente a la violencia física que se ejercía sobre mi cuerpo era la concentración. Una era la afectiva, me concentraba en un personaje y trataba de recrear todo lo que había sido mi vida con esa persona, desde que lo conocí hasta el momento de mi secuestro. Otra sí, era la música. Por ejemplo, me enchufaba en el Concierto en Fa menor de Bach para cuerdas y clave. Del segundo movimiento, mi mujer aprendió a cantar la parte del piano y yo la acompañaba tocando. Entonces me concentraba tratando de oír la voz de Marta y descifrar, recordar todos los acordes que tocaba. Y entraba en un estado de concentración total que me permitía sentir mucho menos el dolor físico de la picana o las otras cosas horribles que me hacían. Otro elemento era concentrarme en un rezo, pero con imágenes. Decía “Padre nuestro que estás en los cielos”, diez, quince, diecisiete veces, hasta que veía la cara del Señor. Tenía algodones en los ojos, una venda y una capucha, pero veía a dios con la cara de mi viejo. Cuando decía “Santificado sea tu nombre” tenía que ver una aureola en torno de esa cara. Y así iba repitiendo como loco cada frase hasta que veía la imagen de lo que quería decir. Cuando me tocó hacer frente a todo eso, me di cuenta que uno tiene reservas increíbles.
- ¿Qué siente hoy frente a su obra, Música Esperanza?
- Para mí el eje de mi vida es la música y el amor. No sólo el amor pasional o el amor de los tuyos, de tu familia, sino el amor del prójimo. Yo amo profundamente al ser humano, sobre todo al más pobre, al que está más desvalido, aquel con quien la vida y la historia no fueron generosas. Entonces, la música y lo social son dos pasiones muy fuertes, ninguna de las dos puede andar separada.