Bocanada,
de Gustavo Cerati
Aunque
en zonas artísticas diferentes y quizás hasta opuestas, Gustavo
Cerati parece haber optado en “Bocanada” por un camino similar al
de Manu Chao con “Clandestino”: la musicalidad calma e
introspectiva. Ese punto parece un lugar inevitable al que llegaron
después de haberse tomado su tiempo para exponerse frente a la
disolución de los grupos que lideraban y con los que cambiaron la
escena musical del continente, uno refugiado en la errancia
exploradora y el otro en hipnóticos trances con beats electrónicos.
Más
estético y glamoroso que el francés aunque con una misma carga
nostálgica, Cerati también construye en su trabajo solista una
unidad global que une las catorce canciones en una trama climática
cargada de una melancolía que definió como eufórica. El género en
boga internacionalmente que usa para vestir esas historias de amor
contrastantes e intensas - siempre fue un oportuno traductor de las
últimas tendencias musicales - es el trip hop, muy adecuado en sus
beats quebrados, su búsqueda de asperezas tímbricas y su
exploración de ritmos mentales para crear esos climas que parecen
nutrirse de una mezcla de la acidez sonora de Portishead con el
optimismo pop electrónico de Beck, también pacífico e
instrospectivo en “Mutations”.
Lo que da un tono particular y un
disfrute a la relectura es algo que el músico menciona como una
necesidad aplicarle dulzura a la música, lo que parece estar
haciendo desde que hiciera cada vez más explícito su reconocimiento
a la herencia de Luis Alberto Spinetta. Cuesta entonces no asociar
“Crisálida” del doble de Pescado Rabioso a la canción “Verbo
carne”, centro emotivo del disco, donde su voz vuela épica sobre
una orquesta de 48 músicos que le dan un marco dramático al texto
de resonancias bíblicas: “desde que partió su verbo vive en mi
carne”. Crooner wagneriano del dolor por la ausencia del otro,
Cerati muestra con este experimento otro de sus referentes del trip
hop, el director y primer violín de la orquesta trabajó con Massive
Atack, grupo básico de la corriente.
Lo
mejor de “Bocanada” está justamente en las canciones, que
podrían ser casi todas tocadas en forma acústica sin perder su
esencia, aunque sea ese tamiz electrónico que combina el dance con
el ambient, el trip hop, el easy listening, los samplers de materias
sonoras retro, los scratches, el drum & bass y las más variadas
experimentaciones con ritmos y texturas lo que aporta un interés
sonoro y estructural poco habitual en el pop argentino actual.
Claro
que, a pesar del tratamiento electrónico - donde lleva a un
desarrollo mayor lo que ya venía trabajando en discos como “Confort
y música para volar” o “Sueño Stereo” - hay una riqueza mayor
en la lírica de las canciones, donde ya no le alcanza el esquema muy
usado en la etapa inicial de su grupo de tomar las palabras para
construir imágenes que resultaran modernas y estéticas. Una
curiosidad se halla en “Aquí
y ahora”,
donde en un envoltorio ambient pop la letra se puebla de guiños al
universo borgiano: “sé una gota en el jardín/ sigue el curso de
agua/ que nos lleve donde nunca fuimos / por senderos que se bifurcan
/ por mundos paralelos”. La clave, quizás, para entender y
disfrutar de “Bocanada” - tomado como mucho más que una
compilación de singles, lo que sí sucedía con algunos discos de
Soda de los ´80 - quizás esté en “Río Babel”, con su
estructura circular y su lírica y musicalidad orientales en la idea
del fluir de la conciencia: todas las canciones se dejan oír en un
río fílmico que corre tomando distintos climas hasta llegar a la
disolución en un largo instrumental techno ambiental que requiere
del oyente una actitud relajada y sin prisa, la que el disco le
exigió desde el inicio.
Comentario aparecido en revista La Contumancia. 1999

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