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2.9.09

Cuartoelemento




Cuatro músicos para una aventura formal

Con destreza instrumental e improvisación permanente, el grupo aporta riesgo a su mezcla de tango, folclore y jazz. 


Diego Oscar Ramos - Crítica de la Argentina - Julio 09

   

   Todos tienen currículum ejemplar en Cuartoelemento, seleccionado formado en 2003 por el flautista Rubén Izarrualde, el guitarrista Néstor Gómez, el bajista Matías González y el baterista Horacio López. Entre todos han pasado por grupos como Anacrusa, tríos de Vitale, el mítico MPA, La Sonora del Plata, La Barraca o músicos como Herbie Hancock, Paquito D’Rivera, Atilio Stampone, Dino Saluzzi, María Creuza, Rada o Gismonti. Pero además de poder armar una enciclopedia de música popular, su juego está en que cada presentación divierta y los divierta. Es habitual que se rían mucho cuando tocan, más cuando su mecánica parece funcionar como quieren. O simplemente para festejar ocurrencias o precisiones en la improvisación. Así puede pasar que una melodía de los Jackson Five quede ideal en una chacarera, que un jazz de Charlie Haden mute hacia la emotiva “Zamba de Argamonte” de Leguizamón y Castilla. O que otro clásico del Cuchi como “Juan Panadero” parezca nacido para candombe. “Nuestra música es comunicación, riesgo, diversión, emoción, la dinámica se parece a un partido de fútbol y es lo que el público recibe, cuando hay goles y cuando la tiramos afuera”, comenta Gómez, quien une aquí su legado santiagueño con el gusto por el jazz de Django Reinhardt. Para Matías González, músico de estirpe jazzera y amante de los bajos que hacen melodía, dice que tienen “una comunicación a niveles muy sutiles”, lo que Izarrualde, uno de los más respetados flautistas del país, confirma: “Hay una cuestión circular que no es nada común”. Sin director obvio, a pesar de que todas las miradas busquen por costumbre la batuta en el flautista, el líder de Cuartoelemento es el juego con estrategias movedizas. Así lo explica el guitarrista: “La improvisación tiene un rol preponderante en nuestro sonido porque es lo que hace que los temas puedan sonar de mil maneras, todos nos alentamos a la experimentación porque es lo que nos divierte”. Claro que siempre mantienen una raíz. “Los temas son casi una excusa para tocar y lo hacemos desde nuestra tierra, nuestro barrio”, dice González y remata: “Nosotros tocamos en castellano”. Izarrualde festeja la ocurrencia e ilumina otra característica: que puedan pasar por el jazz sin quedar atrapados en sus patrones: “Nunca estudié improvisación, pero sé por dónde voy, conozco los acordes, las escalas, a diferencia de otros, que improvisan siempre igual”. 
     Algo de esta libertad es la que debe de haber atraído a productores canadienses que les organizaron una gira el año pasado, la que les trajo en 2006 el Premio Carlos Gardel a su primer disco en el rubro Tango nuevas formas. Lo que sorprendió a los cuatro, poco afectos a lo genérico. “No somos ni gauchos de las pampas, ni jazzmen de New York, ni rollingas, sino gente que creció en esta cultura en el siglo XX, escuchando a Yupanqui, los Beatles, Spinetta, Miles Davis, Charlie Parker, Troilo, Dino Saluzzi, Piazzolla, músicas que están en lo que hacemos”, responde el guitarrista, multiplicando influencias como en sus solos con octavador. González, sintético, lanza una paradoja espanta-clasificadores: “Lo que hacemos es música instrumental de protesta”. Es que si el disco Cuartoelemento (05) parecía más tanguero por abrir y cerrar con Piazzolla y Alquimia (07) parecía folclórico por ubicar circularmente dos músicas de Leguizamón, ahora dicen que el próximo trabajo, ya mezclado, sonará más latino. Se sabe que habrá temas brasileños, como “Incompatibilidad de caracteres”, de João Bosco, que ya venían tocando en vivo. También varios de Yupanqui y unos cuantos propios. Los cambios más claros estarán en la concepción sonora global. Si habían grabado siempre en vivo, en escenarios o el estudio, ahora amplificaron la jugada. “Hay temas con dos flautas o dos guitarras, suena más camarístico, con líneas melódicas contrapuntísticas”, detalla Gómez, y aclara rápido que la impronta improvisadora permanece, con cambios: “Es una libertad de cámara, con zonas pactadas y otras de libre circulación energética”. Lo que dicen mantener estable en su ética lúdica. Y así lo dice el Mono Izarrualde: “Seguimos flotando dentro de la música, como si estuviéramos en una cama elástica, dibujando en el aire”.


23.4.09

Rubén Mono Izarrualde


Como pez en el agua

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Es uno de los músicos argentinos más queridos y respetados. Por su técnica y expresividad integró hitos como Anacrusa o MPA. Hoy reinventa la música popular argentina con Cuartoelemento, donde celebra una improvisación constante con eje en la comunicación profunda entre los músicos.
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Por Diego Oscar Ramos – revista Rumbos – abril 09


Fotos Mono Izarrualde: Gisela Volà 
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     “Siempre me sentí bien querido” dice el Mono Izarrualde, con certeza el flautista más expresivo y versátil de la música popular argentina, al recordar sus comienzos en la música. Entonces tenía siete años, se lo conocía como Rubén Rualde, cantaba tangos, valses y milongas junto a una orquesta. Era mimado, valorado y hoy siente a las presentaciones que hacían en los carnavales como una muestra de que “la vida era una fiesta”. Alguna particular forma de justicia hubo entonces en el premio Carlos Gardel del 2006 en la categoría Tangos nuevas formas que se le dio a su actual grupo Cuartoelemento, donde el género orillero es apenas un punto de pasaje en su dinámica instrumental. El cuarteto crea en vivo arreglos precisos que pueden hacer pasar una chacarera por las ropas del jazz o jugarse un candombe en un clásico folclórico, pero él mismo ha dicho muchas veces que en su sonido hay un eco de nostalgia tanguera. Y siempre acaba colándose algo de eso en esa historia musical donde fue parte de hitos como Anacrusa con José Castiñeira de Dios o de Músicos Populares Argentinos junto a Chango Farías Gómez, Jacinto Piedra, Peteco Carbajal y Verónica Condomí. También en su participación en el popular Trío Vitale-Izarrualde-González o haciendo música de inspiración brasileña con sus amigos Agustín Pereyra Lucena y Billy Reuter. Y hasta cuando tocó música de corte latino en una orquesta mexicana o vivió una altísima exposición masiva junto a Piero en tiempos de efervescencia democrática.


La sonrisa húmeda



“Yo trato de recordar todos los momentos, los viajes, la gente que he conocido, por naturaleza soy una persona optimista, si hay que derramar alguna lágrima es bueno hacerlo, pero me gusta la sonrisa”, dice el Mono y las palabras remiten a esa forma bien suya de encarar las notas largas de la flauta, con una autoridad y una comunicación potente con el instrumento que lo hace transmitir de primera mano sus sentimientos. Eso pasa en Cuartoelemento, donde esa saudade criolla del Mono, esa sensibilidad intensa lo lleva y nos lleva por lugares profundos al tocar hoy temas como Oblivion de Piazzolla, Recuerdos de ayer de Don Sebesky o Quietud dominguera de su compañero el guitarrista Néstor Gómez. Con él y junto al percusionista Horacio López y el bajista Matías González – todos músicos de gran trayectoria y capacidad técnica – asegura Izarrualde que se ha establecido una magia musical que le permite jugar musicalmente. Le da alegría la comunicación que se da entre ellos y eso es lo que quiere trasmitirle a la gente. “Cuartoelemento es todo lo que uno puede esperar o desear, por lo musical o lo humano, lo que trasmitís y lo que el otro te trasmite tocando, por el entendimiento, hay una cuestión circular que sucede cuando tocamos, que no es tan común, que se da entre algunos músicos por momentos, pero que acá pasa todo el tiempo, este momento es muy fuerte”, expresa el flautista, da unas cuantas risotadas y hace culto a su apodo en movimientos juguetones del cuerpo o de sus palabras. Le gusta ir de un lado a otro, con saltos que tengan sentido. Por eso saber que de chico fue la natación la actividad física que más le daba placer inaugura unas metáforas acuáticas que lo definen en su presente de músico. “Cuando uno nace está en el líquido, el contacto con el agua hace que tengas que flotar, eso es muy bueno para la música, que es circular para el que sabe flotar y no está agarrado a algún lugar”, comenta, dice que el riesgo presente en improvisar en cada concierto aporta una riqueza única. Y agrega: “Si no asumís ese riesgo hay cosas que no vas a poder afrontar, porque una cosa es la música armada, esquemática, muy cuadrada, donde todo está perfecto pero no te mueve un pelo y otra es cuando flotás dentro, porque si el ritmo se corre, vas cayendo en el mismo lugar, como cuando saltás en una cama elástica”. Luego dice que con el cuarteto dibujan en el aire y las ideas siguen saltando, uniéndose armónicamente: “Nunca me tiré en paracaídas, debe ser una sensación fantástica, pero la primer sensación hermosa es la del agua, lo veo en la sonrisa de mi hija Azul Morena cuando flota, con las patitas abajo del agua, te mira y es hermoso”, comenta el músico y dice que flotar es sentirse libre, como volando.


Los privilegios



   “La recuerdo sentada al piano, dándose vuelta y esbozando una sonrisa, de alegría, de felicidad, de conocimiento, de saber mucho de la vida”, dice sobre Susana Lago, “una de las inventoras de Anacrusa junto con Castiñeira de Dios”, la agrupación transformadora de la música argentina que fue una escuela para Izarrualde, atento a quienes siente como figuras marcantes. En su vida siente que hubo privilegios enormes al conocer personas que le dieron generosamente lo que sabían y que valoraron su musicalidad. Menciona al trombonista americano Bill Smith, a Anastasio Quiroga, a los hermanos Virgilio y Homero Expósito, al Cuchi Leguizamón, con quien dice haber tocado el cielo con las manos al compartir escenario, al Chango Farías Gómez y a Jaime Torres, de quien dice que su sonido es único, por el amor que tiene con su instrumento. Y de la maraña de imágenes viene su padre marino mercante, que le legó junto a su madre peluquera el cariño por la música. “En mi casa se escuchaba música clásica, mucho folclore, tango y opera, ahora me encanta escuchar óperas a la mañana, es como con el instrumento, lo primero que se tocan son notas largas, para despertarlo”, cuenta el Mono. Cuando era niño fueron notas largas de una flauta traversa en el conservatorio de La Plata las que lo decidieron a elegir su instrumento, las escuchaba desde la puerta. Y un director de coros certificó su elección: “Mirá pibe, yo te veo esas manos y esos labios, para mí sos flautista”, dice que le selló a fuego Antonio Ruso, “un italiano maravilloso”. Y hoy lo certifica él mismo: “Me gusta mucho la profundidad del sonido del instrumento”, dice Izarrualde, recuerda que su padre lo apoyó inmediatamente al comprarle al otro día de su elección una flauta de ébano y plata. Esa que tuvo tanto valor como la que años más tarde le compraría al mismísimo Jean Pier Rampall, un prócer con quien tomó clases.

Y es esa mezcla de sólida preparación con una gracia de niño atento a la sabiduría callejera la que aparece en el sonido que también apreciaron músicos como Lucho González, Ariel Ramírez, Paquito de Rivera, Miguel Cantilo, Maria Creuza, Jan Garbarek o Raúl Carnota, por mencionar algunos de los que compartieron escenario con el Mono. Y también él ha apreciado a músicos por esa totalidad mullida que le hacían sentir. “La música habla, tiene que ver con la mirada, hay gente que cierra los ojos porque está volando y mandando una señal para todos”, describe y cuenta que con el baterista Norberto Munichilo sintió que era un buen músico antes de verlo tocar y de hablarle por primera vez: “Habíamos terminado de tocar con Anacrusa un tipo se levantó para saludar a uno de los músicos, me quedé observando su abrazo y entonces él se dio vuelta, me miró, abrió los brazos y me vino a abrazar, siempre supe que era un buen tipo y cuando lo escuchabas tocar te dabas cuenta rápidamente del ángel que tenía dentro”. Sin haberlo nunca visto antes en esas lides, también es fácil imaginar al flautista andando a caballo, con gozo criollo y autoridad, sobre todo cuando canta actualmente la bellísima Zamba de Argamonte, de Leguizamón y Castilla. “He andado mucho a caballo, me encanta y lo siento como uno de los animales más maravillosos, más fieles, mi viejo era de Carlos Casares, muy de campo y cuando viví de chico en Las Malvinas, cerca de Rodríguez, de los dos a los siete años, salíamos a pasear a caballo y hoy soy fanático de las carreras cuadreras, aunque no juego, pero me gusta ver los animales”, cuenta el flautista. Reconoce con orgullo que se siente absolutamente criollo, una identidad que en su música dice estar presente en cada nota, aunque interpreten a autores como Charlie Haden o Armando Manzanero tanto como a Fortunato Juárez o Félix Palorma. La alquimia de influencias y formas musicales se cuece con tierra argentina, pies con mundo andado y algo concreto para decir. “Cada elemento conforma una pieza muy importante arriba del escenario y cada uno juega a su manera”, cuenta el Mono. Y sonríe suave, como flotando.




CUARTOELEMENTO



Formado por Néstor Gómez en guitarra, Matías González en bajo, Horacio López en percusión y Rubén Izarrualde en flauta y con todos aportando sus voces, Cuartoelemento nace como cuarteto en 2003 al incorporarse el percusionista al trío que hacía un año que estaba tocando. Su primer disco, Cuartoelemento, se edita en 2005 y gana un premio Carlos Gardel en el rubro “Tangos nuevas formas”. En 2007 graban Alquimia, disco en vivo que busca dejar testimonio de su estilo libre y espontáneo de interpretar temas propios y clásicos de todo tipo de géneros. "Es nuestra intención transmitir la misma alegría que sentimos cuando estamos tocando a quienes nos están escuchando. Nos une una gran amistad y muchos años de transitar el camino que lleva tocar y reconocer nuestras raíces desde un lenguaje más universal y actual", dicen en su página. Basta con escucharlos.


WEB



Para saber más del grupo.Para ver algunos videos.
Para ver su gira por Canadá. Para escuchar su concierto por CBC Radio 2 “Canadá Live”.
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