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23.4.09

Rubén Mono Izarrualde


Como pez en el agua

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Es uno de los músicos argentinos más queridos y respetados. Por su técnica y expresividad integró hitos como Anacrusa o MPA. Hoy reinventa la música popular argentina con Cuartoelemento, donde celebra una improvisación constante con eje en la comunicación profunda entre los músicos.
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Por Diego Oscar Ramos – revista Rumbos – abril 09


Fotos Mono Izarrualde: Gisela Volà 
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     “Siempre me sentí bien querido” dice el Mono Izarrualde, con certeza el flautista más expresivo y versátil de la música popular argentina, al recordar sus comienzos en la música. Entonces tenía siete años, se lo conocía como Rubén Rualde, cantaba tangos, valses y milongas junto a una orquesta. Era mimado, valorado y hoy siente a las presentaciones que hacían en los carnavales como una muestra de que “la vida era una fiesta”. Alguna particular forma de justicia hubo entonces en el premio Carlos Gardel del 2006 en la categoría Tangos nuevas formas que se le dio a su actual grupo Cuartoelemento, donde el género orillero es apenas un punto de pasaje en su dinámica instrumental. El cuarteto crea en vivo arreglos precisos que pueden hacer pasar una chacarera por las ropas del jazz o jugarse un candombe en un clásico folclórico, pero él mismo ha dicho muchas veces que en su sonido hay un eco de nostalgia tanguera. Y siempre acaba colándose algo de eso en esa historia musical donde fue parte de hitos como Anacrusa con José Castiñeira de Dios o de Músicos Populares Argentinos junto a Chango Farías Gómez, Jacinto Piedra, Peteco Carbajal y Verónica Condomí. También en su participación en el popular Trío Vitale-Izarrualde-González o haciendo música de inspiración brasileña con sus amigos Agustín Pereyra Lucena y Billy Reuter. Y hasta cuando tocó música de corte latino en una orquesta mexicana o vivió una altísima exposición masiva junto a Piero en tiempos de efervescencia democrática.


La sonrisa húmeda



“Yo trato de recordar todos los momentos, los viajes, la gente que he conocido, por naturaleza soy una persona optimista, si hay que derramar alguna lágrima es bueno hacerlo, pero me gusta la sonrisa”, dice el Mono y las palabras remiten a esa forma bien suya de encarar las notas largas de la flauta, con una autoridad y una comunicación potente con el instrumento que lo hace transmitir de primera mano sus sentimientos. Eso pasa en Cuartoelemento, donde esa saudade criolla del Mono, esa sensibilidad intensa lo lleva y nos lleva por lugares profundos al tocar hoy temas como Oblivion de Piazzolla, Recuerdos de ayer de Don Sebesky o Quietud dominguera de su compañero el guitarrista Néstor Gómez. Con él y junto al percusionista Horacio López y el bajista Matías González – todos músicos de gran trayectoria y capacidad técnica – asegura Izarrualde que se ha establecido una magia musical que le permite jugar musicalmente. Le da alegría la comunicación que se da entre ellos y eso es lo que quiere trasmitirle a la gente. “Cuartoelemento es todo lo que uno puede esperar o desear, por lo musical o lo humano, lo que trasmitís y lo que el otro te trasmite tocando, por el entendimiento, hay una cuestión circular que sucede cuando tocamos, que no es tan común, que se da entre algunos músicos por momentos, pero que acá pasa todo el tiempo, este momento es muy fuerte”, expresa el flautista, da unas cuantas risotadas y hace culto a su apodo en movimientos juguetones del cuerpo o de sus palabras. Le gusta ir de un lado a otro, con saltos que tengan sentido. Por eso saber que de chico fue la natación la actividad física que más le daba placer inaugura unas metáforas acuáticas que lo definen en su presente de músico. “Cuando uno nace está en el líquido, el contacto con el agua hace que tengas que flotar, eso es muy bueno para la música, que es circular para el que sabe flotar y no está agarrado a algún lugar”, comenta, dice que el riesgo presente en improvisar en cada concierto aporta una riqueza única. Y agrega: “Si no asumís ese riesgo hay cosas que no vas a poder afrontar, porque una cosa es la música armada, esquemática, muy cuadrada, donde todo está perfecto pero no te mueve un pelo y otra es cuando flotás dentro, porque si el ritmo se corre, vas cayendo en el mismo lugar, como cuando saltás en una cama elástica”. Luego dice que con el cuarteto dibujan en el aire y las ideas siguen saltando, uniéndose armónicamente: “Nunca me tiré en paracaídas, debe ser una sensación fantástica, pero la primer sensación hermosa es la del agua, lo veo en la sonrisa de mi hija Azul Morena cuando flota, con las patitas abajo del agua, te mira y es hermoso”, comenta el músico y dice que flotar es sentirse libre, como volando.


Los privilegios



   “La recuerdo sentada al piano, dándose vuelta y esbozando una sonrisa, de alegría, de felicidad, de conocimiento, de saber mucho de la vida”, dice sobre Susana Lago, “una de las inventoras de Anacrusa junto con Castiñeira de Dios”, la agrupación transformadora de la música argentina que fue una escuela para Izarrualde, atento a quienes siente como figuras marcantes. En su vida siente que hubo privilegios enormes al conocer personas que le dieron generosamente lo que sabían y que valoraron su musicalidad. Menciona al trombonista americano Bill Smith, a Anastasio Quiroga, a los hermanos Virgilio y Homero Expósito, al Cuchi Leguizamón, con quien dice haber tocado el cielo con las manos al compartir escenario, al Chango Farías Gómez y a Jaime Torres, de quien dice que su sonido es único, por el amor que tiene con su instrumento. Y de la maraña de imágenes viene su padre marino mercante, que le legó junto a su madre peluquera el cariño por la música. “En mi casa se escuchaba música clásica, mucho folclore, tango y opera, ahora me encanta escuchar óperas a la mañana, es como con el instrumento, lo primero que se tocan son notas largas, para despertarlo”, cuenta el Mono. Cuando era niño fueron notas largas de una flauta traversa en el conservatorio de La Plata las que lo decidieron a elegir su instrumento, las escuchaba desde la puerta. Y un director de coros certificó su elección: “Mirá pibe, yo te veo esas manos y esos labios, para mí sos flautista”, dice que le selló a fuego Antonio Ruso, “un italiano maravilloso”. Y hoy lo certifica él mismo: “Me gusta mucho la profundidad del sonido del instrumento”, dice Izarrualde, recuerda que su padre lo apoyó inmediatamente al comprarle al otro día de su elección una flauta de ébano y plata. Esa que tuvo tanto valor como la que años más tarde le compraría al mismísimo Jean Pier Rampall, un prócer con quien tomó clases.

Y es esa mezcla de sólida preparación con una gracia de niño atento a la sabiduría callejera la que aparece en el sonido que también apreciaron músicos como Lucho González, Ariel Ramírez, Paquito de Rivera, Miguel Cantilo, Maria Creuza, Jan Garbarek o Raúl Carnota, por mencionar algunos de los que compartieron escenario con el Mono. Y también él ha apreciado a músicos por esa totalidad mullida que le hacían sentir. “La música habla, tiene que ver con la mirada, hay gente que cierra los ojos porque está volando y mandando una señal para todos”, describe y cuenta que con el baterista Norberto Munichilo sintió que era un buen músico antes de verlo tocar y de hablarle por primera vez: “Habíamos terminado de tocar con Anacrusa un tipo se levantó para saludar a uno de los músicos, me quedé observando su abrazo y entonces él se dio vuelta, me miró, abrió los brazos y me vino a abrazar, siempre supe que era un buen tipo y cuando lo escuchabas tocar te dabas cuenta rápidamente del ángel que tenía dentro”. Sin haberlo nunca visto antes en esas lides, también es fácil imaginar al flautista andando a caballo, con gozo criollo y autoridad, sobre todo cuando canta actualmente la bellísima Zamba de Argamonte, de Leguizamón y Castilla. “He andado mucho a caballo, me encanta y lo siento como uno de los animales más maravillosos, más fieles, mi viejo era de Carlos Casares, muy de campo y cuando viví de chico en Las Malvinas, cerca de Rodríguez, de los dos a los siete años, salíamos a pasear a caballo y hoy soy fanático de las carreras cuadreras, aunque no juego, pero me gusta ver los animales”, cuenta el flautista. Reconoce con orgullo que se siente absolutamente criollo, una identidad que en su música dice estar presente en cada nota, aunque interpreten a autores como Charlie Haden o Armando Manzanero tanto como a Fortunato Juárez o Félix Palorma. La alquimia de influencias y formas musicales se cuece con tierra argentina, pies con mundo andado y algo concreto para decir. “Cada elemento conforma una pieza muy importante arriba del escenario y cada uno juega a su manera”, cuenta el Mono. Y sonríe suave, como flotando.




CUARTOELEMENTO



Formado por Néstor Gómez en guitarra, Matías González en bajo, Horacio López en percusión y Rubén Izarrualde en flauta y con todos aportando sus voces, Cuartoelemento nace como cuarteto en 2003 al incorporarse el percusionista al trío que hacía un año que estaba tocando. Su primer disco, Cuartoelemento, se edita en 2005 y gana un premio Carlos Gardel en el rubro “Tangos nuevas formas”. En 2007 graban Alquimia, disco en vivo que busca dejar testimonio de su estilo libre y espontáneo de interpretar temas propios y clásicos de todo tipo de géneros. "Es nuestra intención transmitir la misma alegría que sentimos cuando estamos tocando a quienes nos están escuchando. Nos une una gran amistad y muchos años de transitar el camino que lleva tocar y reconocer nuestras raíces desde un lenguaje más universal y actual", dicen en su página. Basta con escucharlos.


WEB



Para saber más del grupo.Para ver algunos videos.
Para ver su gira por Canadá. Para escuchar su concierto por CBC Radio 2 “Canadá Live”.

1.12.08

Agustín Pereyra Lucena


Parte del mar


Como guitarrista de Bossa Nova contó con la bendición de Vinicius y tocó con mitos como Carlos Lyra o Nana Caymmi. Pero una carrera de casi 40 años y un flamante disco lo confirman como un refinado creador de música popular sudamericana.


Por Diego Oscar Ramos - Rumbos - Nov. 08 - Fotos: Alejandro Baccarat


“La transparencia supone experimentar la luminosidad del objeto en sí, de las cosas tal como son”, escribió Susan Sontag y así la cita Agustín Pereyra Lucena en el sobre interno de su noveno disco solista, titulado finalmente 42:53, pero cuyo nombre inicial iba a ser justamente Transparencia. Claro que, a la hora de revisar los registros, la palabra había sido usada como título de un disco. Ahí fue que, para titular el trabajo que marcaba su regreso a las bateas desde el 2000 y el primero compuesto sólo con obras de su autoría, se le apareció la cifra mencionada, ni más ni menos que la duración de la música grabada. Lo particular es que ese número que puede aparecer en el display del equipo de música o en el monitor de la PC que toquen el disco de Pereyra Lucena, podría ser similar al de los vinilos que marcaron sus inicios como músico. Promediaban los 40 minutos aquellos LPs que en su adolescencia lo ayudaron a aprender a tocar clásicos de Joao Gilberto, Tom Jobim, el Tamba Trío o los afrosambas con que Baden Powell y Vinicius de Moraes agregaron colores a la sofisticada bossa. Es cierto que la primera vez que escuchó O barquinho, Samba de uma nota só y Desafinado fue en las guitarras de dos amigos de sus hermanos mayores, pero las que lo formaron fueron las grabaciones que estudiaba una y otra vez, en la era vinílica.


Lazos sonoros


“Me acuerdo que cuando era chico esperaba que algunos discos llegaran de Brasil, era socio del Centro Cultural del Disco, los reservaba, iba todas las semanas y preguntaba si habían salido, tenía interés por saber lo que estaba haciendo Baden Powell, con quién grababa, quién lo editaba”, cuenta el guitarrista argentino, sorprendido por estos tiempos donde la percepción y el consumo de la música son bien diferentes en algunos aspectos a los tiempos en que, hace exactamente 50 años, nacía la Bossa Nova. “Hoy arman mp3 con 30 mil temas, pero me parece que al final no escuchás nada, un alumno mío, muy joven, me dijo que a sus amigos puede gustarles una canción, pero no les interesa buscar nada más del artista y ese desinterés es raro, por ahora no lo entiendo”, explica Pereyra Lucena, que hoy celebra en su tema Por eles la existencia de músicos como Joao, Carlos Lyra, Jobim o Baden, de quienes asegura que le dieron música y todo un sentido de la vida.  Uno de los que también nombra es Mauricio Einhorn, armoniquista brasileño histórico de los tiempos iniciales de la Bossa y convidado ilustre de 42:53. La experiencia de grabar con Einhorn incluyó curiosos lazos afectivos transfronterizos: “Mauricio era fanático de nuestro gran armoniquista Hugo Díaz y cuando lo llevé a los estudios Ion, el técnico de grabación, el portugués Da Silva, era quien había grabado ahí mismo casi todos sus discos, fue una emoción muy grande para él”, cuenta el argentino y comenta que los tres temas que grabaron entonces, en el 2001, significaron el corazón del disco, cuyos demos se hicieron con el guitarrista Lucho González, su gran amigo, el pianista Guillermo Romero y la cantante Adriana Ríos, su compañera escénica desde hace casi dos décadas y la principal letrista del disco. Esa grabación se completó siete años después, junto a músicos como Guillermo Vadalá, Daniel Mazza, Leandro Braga, Fabián Miodownik, Jota Morelli, Alejandro Santos, Ana María Hlousek, Helena Uriburu y Sergio Liszewski, quien ofició como productor. “Trabajó como un director de cine, armando el disco con lo que tocó cada uno y quedó como si lo hubiésemos grabado todos tocando juntos”, comenta el músico y hace una comparación con la forma en que trabajaba al principio de su carrera: “Tocábamos con paneles que nos dividían, se ensayaba un rato antes o se daba un cifrado, se mostraba la forma y se hacían dos o tres tomas, cuando ahora grabás aisladamente, sin el contacto instantáneo, pero las cosas suenan mejor”.
    Hasta la fama de frialdad del sonido digital se ha evitado, con programas que procesan todo el material y le dan a la guitarra una sonoridad similar a la que se lograba con equipos valvulares, propios de la época en que grabó piezas actuales de colección como su disco debut de 1970, la jam session del ´71 con el percusionista brasilero Naná Vasconcelos o sus álbums del resto de la década como Climas, Ese día va a llegar y Sambaiana, como miembro del grupo Candeias junto al multiinstrumentista Guillermo Reuter y el flautista Rubén Mono Izarrualde. Ellos fueron el núcleo de largas giras europeas y placas como La rana (´80), Puertos de alternativa (´88), Miradas (´98) y Acuerdos (2000).


Nostalgia marítima


En el pasaje de los ´60 a los ´70, cuando ya habían compartido escenarios en Mar del Plata y en Punta del Este, en la era del mítico local La Fusa, fue Vinicius quien le escribió un texto que lo apadrinó desde la contratapa del disco debut. "Creo que nunca vi, con excepción de los guitarristas brasileños Baden Powell y Toquinho, nadie más ligado a su instrumento que Agustín Pereyra Lucena, daría la impresión de que, si le retirasen la guitarra, se desvanecería en música", le escribió sin salir de la bañera en la que se instalaba por horas, según cuenta hoy otro Pereyra Lucena. “En ese momento era verdad lo que decía, porque yo no componía, pero ahora si me sacan la guitarra llamo a alguien que toque y le dicto acordes, como hacia él con Toquinho, cuando se metía mucho en las composiciones, tenía mucha idea musical y compuso Valsa de Eurídice, uno de los temas más lindos para guitarra”, dice el músico. Y agrega que lo que más recuerda del poeta es su humor y una descontractura que volvía absurda la actitud de todos los que se le acercaban como buscando de él una revelación de Buda. “Le decían maestro y él les ofrecía un whisky”, describe con sonrisa cariñosa y revela que había en él carioca cierta visión melancólica que no siempre se percibe en sus creaciones de la Bossa Nova. “El que tiene que amar tiene que llorar, decía y sus amores eran infinitos mientras duraban, pero duraban poco, si se casó ocho veces”, comenta con gracia el compositor argentino y remarca algunas particularidades que vuelven única a la saudade brasileña que todos conocimos a partir de la Bossa: “Siento que ellos todo lo empiezan desde lo vital, pueden transmitir un drama, pero siempre hay algo que te deja bien, cierto humor, una relación especial con la vida, tienen una nostalgia que mira al mar”.

Con Billy Reuter y Lucho Gonzales, con Piazzolla de público



El agua, elemento estimulante de la estética de Pereyra Lucena, además de encontrarla en el mar brasilero o ciertas playas bonaerenses donde fue haciendo su historia, la encuentra también en nuestro litoral, que - como a lo largo de su carrera lo hicieron los desiertos patagónicos o la llanura pampeana en temas como Rutas (desiertas), Desolación o Planicie, que incluso regrabó para 42:53 - estimula hoy su sensibilidad artística. “Los músicos litoraleños componen una música muy llevadera, muy emocional, que tiene esperanza y eso lo quiero para mi música”, explica el guitarrista y comenta que lo que más lo identifica actualmente es una musicalidad que salga sin esquemas de género. “La música de Brasil me abrió la puerta de armonías que después fui aplicando en todo lo que siento hacer, pero nunca me fijo si estoy componiendo un samba, una chacarera o un frevo”, dice, firme en su convicción de optar antes por el desarrollo de la composición que por el desenvolvimiento técnico de virtudes como instrumentista. Por eso ha incluido ahora más canciones, algo poco habitual en sus anteriores discos. Y hasta se permitió experimentar con la guitarrabajo, una particular intervención de Sebastián Arias para bajar una octava las cuerdas 5ta y 6ta de una guitarra Del Vecchio. Con ella grabó el único tema que no había compuesto ni probado muchas veces en vivo antes de grabarlos. En este caso, tocó “lo que salió del alma, sin intenciones pretensiosas” y así le puso su nombre, Transparente, como mejor siente al arte. “Las obras tienen que ser sinceras, que lo que esté sea lo que se muestra, porque cuando sale de lo profundo, uno está en lo que hace”, explica Agustín Pereyra Lucena, quien puso en la tapa de su CD un dibujo suyo titulado Fiesta, hecho de trazos vertiginosos e impreso con un delicado proceso de resalte cromático. El detalle, es un buen índice de la música que grabó. Y seguramente de la que vendrá.

Aniversario


- Ahora que el género cumplió 50 años, ¿qué siente en perspectiva con la Bossa?
- Me sorprende cómo entró en todo el mundo. Quién imaginaba que pasaría eso con esa música que había tomado elementos del Bolero y el Jazz, a quien luego le devolvió más de lo que le había dado, como dijo Jobim. Hoy casi no hay músico que no toque Bossa, hasta en estilos increíbles. No sería raro que Madonna la hubiera hecho. Si la hizo hasta Jamiroquai, un grupo que me encanta.





- ¿Qué opina de la relectura electrónica?
- Hay que hacerlo con talento, no importa si se mezcla con la Milonga o el Samba con la Zamba. Algunas cosas me gustan, como Bossacucanova.


- ¿Y que siente con Bossa´n Stones ese invento argentino?
- Eso empezó con lo que hizo Rita Lee, que algunos temas me gustan más por ella, aunque otros ni siquiera son Bossa. Y Bossa´n Stones es una música muy light, muy de Punta del Este, que no tiene contenido. Sigue con esa cosa íntima de Astrud Gilberto llevada a esta época, se usa mucho en desfiles y es una excusa bárbara para ver modelos. La bossa puede ser fantástica para un ascensor o para comer, porque es suave y no molesta, pero tiene mucha profundidad, lo que pasa con Jobim, pero no con Bossa´n Stones.



- ¿Cómo se lleva con el bajar y compartir música por Internet?- Por un lado me parece un desastre para los músicos, porque si ponen tu disco vas a vender mucho menos. Pero si estoy buscando un disco que ya no existe o no puede conseguirse ni importado puedo llegar a bajarlo. Pero si acaba de salir uno de Iván Lins, quiero tener el original, puedo comprarlo y lo hago, porque estoy ayudando a que él grabe otro. Es una cuestión de ética.
Con Rubén Mono Izarrualde y Andrés Laprida



23.9.07

Agustín Pereyra Lucena


Bossa Nuestra


Guitarrista de extrema delicadeza y precisión, es uno de los músicos que con más respeto y creatividad ha tomado y recreado el legado de géneros variados de la música brasilera, con un centro afectivo evidente en la bossa y los afrosambas. 

Por Diego Oscar Ramos - Cinco Sentidos Nº 6 - 2005




Es el músico que más se ha dedicado en la Argentina a la interpretación de la música popular brasilera. Guitarrista preciso y refinado con una carrera de más de 35 años, compartió escenarios y grabaciones con músicos brasileros como Vinicius de Moraes, Toquinho, Naná Vasconcelos, Dori y Nana Caymmi, Cuarteto Em Cy, Carlos Lyra o Sebastiao Tapajós. Hizo giras en todo el mundo y grabó discos de gran belleza con talentos argentinos como Rubén Mono Izarrualde, Billy Reuter, Alejandro Santos o Lucho González. Allí también muestra una destreza compositiva que une a su amada bossa con elementos o climas de la música popular argentina, el jazz y el impresionismo. Reeditados recientemente, son éxito actual de ventas en Japón. 



- ¿Por qué eligió la guitarra como su instrumento?
- Era el único instrumento que había en casa, mi mamá había muerto cuando nací y quedó la guitarra, ella cantaba y tocaba. Yo tenía doce o trece años, tenía un profesor que me aburría mucho tocando folclore argentino con dos acordes, me faltaba algo y en casa mis hermanos ponían jazz. También se oía mucho Ravel y Debussy, algo que no entendía del todo, me gustaba, pero me faltaba la percusión. Lo que más escuchaba eran boleros. Después me enteré que eran los predecesores de la bossa. Dori Caymmi me dijo: “vos podés tocar Joao Gilberto porque venís del bolero y Joao era también cantante de bolero”. Yo escuchaba y quería sacar algo, pero no tenía elementos ni quién me lo enseñe, igual me encantaba sentir la vibración de la guitarra contra el cuerpo, te llena de emoción.


- ¿En qué momento entra en su vida la música brasilera?
- Fueron dos amigos de mi hermano que vinieron a casa y tocaron a dos guitarras O barquinho, Samba de una nota sola y Desafinado. Ese día me emocioné mucho, me pareció impresionante el sonido y no podía creer lo bien que tocaban. A uno de ellos lo llamaba todas las semanas durante dos años para que sacase los temas de los discos de Joao, los que yo más escuchaba junto a Tamba Trío y Luis Bonfá, hasta que apareció Baden Powell, ahí me di cuenta de que la guitarra tenía posibilidad solista. La música entonces me transportaba a las playas de Brasil. A los 17 fui a Río por primera vez y de ese viaje me quedaron una gran cantidad de discos y el sentir que en Brasil, sobretodo en Río, la música está en todos lados. Después fui como 15 veces, ya en contacto con músicos, fui a la casa de Dori Caymmi, estuve con el Tamba Trío, Edu Lobo, Milton Nascimento, Gismonti. Y en el boliche donde se había compuesto Garota de Ipanema los mozos nos dieron la posibilidad de acceder a la suegra de Baden Powell y ella, simpatiquísima, nos dijo “vengan lo llamo que hoy está disponible, con unos periodistas”, nos acompañó a Barra de Tijuca y nos quedamos tres horas con Baden. No podía creerlo, estaba nervioso por conocerlo. El estaba abstemio, nos ofrecía cerveza pero él tomaba leche. Me hice amigo del percusionista, que nos llevó a la noche a un ensayo de una Escola de Samba, era imposible quedarse quieto. Sentí una gran vitalidad.


- ¿Y sentía que algo de eso le pertenecía?
- Todavía no. Cuando yo empecé a sentir que podía con esto realmente es cuando vino Vinicius. Llegué a Punta del Este con unos amigos en barco a la casa de Páez Vilaró y estaba sentado ahí con María Creuza y Dori Caymmi. Me dijo: Vocé toca la guitarra y ahí empecé. Dori tenía cuatro años más que yo y sabía una barbaridad de música, nos hicimos amigos. Es un genio en armonía, me pasó unos datos importantísimos. Después vino con Naná Caymmi, su hermana, primero música, después cantante. Me pedía que la acompañase en tres temas, para mí era todo impresionante, como un sueño. Estaba en el lugar justo. Se repetía la escena en La Fusa de acá y en Mar del Plata también. Ahí estaba María Bethania, Chico Buarque, Quarteto em Cy que me invitaban con Toquinho a tocar. Todo eso lo viví con ellos.


- ¿En qué modificó su música la convivencia con Vinicius?
- En la forma de encarar un show, que haya diálogo, que sea amable. Aprendí mucho de la naturalidad. La gente agradece que le cuentes algo sobre cada tema. El decía “estábamos una tarde con Toquinho en la playa de Itapuá” y eso lo terminaron de hacer en Mar del Plata. El inventaba una pequeña anécdota para cada tema y eso a la gente le encantaba. Eso lo aprendí bien, crear un clima favorable para la música.


- En los títulos de sus temas menciona rutas desoladas, desiertos, ¿le atraen los paisajes áridos?
- Sí, muchísimo. La Patagonia me encanta. Me atrae el lugar donde todo puede pasar, una sensación de libertad absoluta en la llanura, donde no haya muchos accidentes geográficos. Me gusta más eso que el mar, que me pone más nervioso. Me falta conocer el nordeste brasilero. Vinicius decía siempre vamos a viajar en una canción y es eso, te metés en ella. El tema pasa a través del tiempo y da la impresión de que estás viajando, hiciste un recorrido, con imágenes, emociones.


- ¿A lo largo de su carrera cómo fue ese recorrido? 
- Al principio como más que nada era intérprete me tenía que ceñir a lo que ya se había hecho, a medida que fui encontrando mi manera de componer me di cuenta de que apunto hacia un lugar que es mi estilo, mi forma de ser. Me gustan las cosas que se van desarrollando con constancia. Incluso el ritmo de seis por ocho es muy liso, me gusta que mantenga una base donde uno se sienta cómodo, como ir sobre un tren. No me gusta molestar con la música. No puedo crear mas agresión, ya está lleno de eso. Quiero estar en un lugar sincero en lo que hago, no entrar en competencia a ver quién hace cosas más raras. No me gusta cuando metés tantos acordes y ponés todo lo que aprendiste. Hay versiones de Corcovado que entre el primero y el segundo acorde ya mandan algo. Jobim sabía cuál era el acorde que quería, lo elegía bien y las partituras figuran así, no es que no supiera agregar cosas.


- ¿Cómo es el clima que disfruta expresar con su música?
- Algo como de ensoñación, pero cálido, una sensación linda, entrar en una especie de transe, pero sentirte cómodo, seguro, que haya inquietud, que no todo esté definido, pero no constantemente molestando. Me gusta que sientas en el cuerpo ganas de moverte. Yo me muevo también, no me gusta quedarme duro como una roca. Vinicius disfrutaba el movimiento corporal.


- ¿Qué deseo le queda por cumplir?
- Viajar más, grabar, editar el nuevo disco con Mauricio Einhorn y sentir que la repercusión es un poquito más cada vez. Las criticas en Japón han sido muy buenas, mis discos están andando bien. Pero lo que más me interesa es componer, me siento feliz si en un año compongo dos o tres temas que me gusten. Me gustaría ser como Jobim que llegó al final de su vida componiendo y grabando. Quiero que me de placer la música y que el próximo disco de tanto o más que el anterior. Si algo cambió y aportó a la música yo no me doy cuenta. 


- ¿Y qué le aportó la música a su vida?
- Todo. Me conozco más, me doy cuenta de cómo soy.



La bañera de Vinicius. "Creo que nunca vi, con excepción de los guitarristas brasileños Baden Powell y Toquinho, nadie más ligado a su instrumento que Agustín Pereyra Lucena. Daría la impresión de que, si le retirasen la guitarra, se desvanecería en música...” escribió Vinicius en una hoja que puede verse en la tapa del primer disco de Pereyra Lucena como guiño de aprobación afectiva del profeta de la bossa nova a su música. Se conocían desde hacía dos años, habían compartido el proceso de consolidación de la bossa en el Río de la Plata con el proyecto La Fusa y fue en Bs. As. mientras grababa, cuando le pidió que escribiera una presentación. “Me dijo, cómo no, vas ahora a una librería, me traes la tinta tal y el papel tal. Yo le dije mirá Vinicius, no tengo para traerte nada (no tenía ni un cassette), pero me dijo: no importa, conozco como tocás, así que voy a escribir sobre tu disco sin haberlo escuchado. Fui con las cosas, dijo váyanse todos, se quedó en la bañadera, tenía una tabla donde ponía de todo, whisky, una maquina de escribir, se quedaba como cuatro horas en agua caliente. A los veinte minutos me llamó, Agustín, acá la tenés, la llevé a la compañía, la fotocopiaron y pusieron en el disco. Eso lo repitió años después en radio, dijo en varios reportajes que era un guitarrista que iba a tener una gran carrera”.








El berimbau de Naná. En 1971 Naná Vasconcelos estaba en Buenos Aires como percusionista del Gato Barbieri y era la sensación de los shows con su set. Para Agustín, con un disco editado y apenas 23 años, fue una sorpresa que el músico quisiera grabar con él, es que había escuchado su disco en una reunión posterior al recital en el Teatro Regina. El encuentro, editado en LP y toda una pieza de colección, anticipa una forma de trabajar que Vasconcelos tendría con Egberto Gismonti, en discos que incluso grabó en Noruega, país donde viviría y tocaría años después Pereyra Lucena. “Yo apenas lo conocía, cuando lo vi con el Gato me volví loco, sin imaginarme en el Regina esa noche que al otro día estaría en un estudio con él. Naná llegó, dijo apaguen las luces, Agustín, vamos a hacer algo juntos, improvisá, como yo estaba investigando la música oriental surgieron pedacitos lindos, después me enteré que se usó en musicoterapia. Yo no veía la guitarra, Naná tocaba el berimbau, el tempo no le daba y hasta golpea el micrófono, él me fue llevando con sus sonidos raros, yo tapaba con la palma para hacer efectos tipo berimbau. Y el final se dio en el momento justo, el técnico fue bajando el volumen, no lo podía creer, era la ultima parte de la cinta, fue increíble. Hay momentos lindos que incluso él retomó con Gismonti en Dança das cabeças. Años después escuché de nuevo ese disco y empecé a encontrar efectos que hace Gismonti apagando las cuerdas, dándole importancia a los efectos con semejanza a los de Naná. Y ahí estaba lo mío. Se nota que Gismonti lo escuchó. Naná andaba en todos lados diciendo que era la primera vez que estaba en la tapa en un disco, que yo le había dado la oportunidad. Vocé no sabe cuántas críticas buenas tuvo nuestro trabajo, me dijo quince años después”.







Los afrosambas de Baden. Uno de los discos básicos para Pereyra Lucena fue Afrosambas, de Baden Powell y Vinicius de Moraes, canciones de fuerte musicalidad y temática afro de donde tomaría músicas básicas de su repertorio como Berimbau, Consolaçao o Canto de Ossanha, en reinterpretaciones siempre intensas que dan homenaje a ese misterio tan propio de los rituales que ya sentía Agustín en los cuentos que leía de niño. “Después de la bossa lo interesante fueron los afrosambas de Baden, que volvió a rescatar lo de Bahía, Vinicius le decía maravilloso duende de la floresta afrobrasilera de sonidos y no hay otras personas que hagan lo de él. Cuando le hablé de los afrosambas le dije: ¿por qué habías incorporado esos elementos, habías estado mucho en Bahía? Me dijo: No, cuando era chico mi vecina, la mujer de Pixinguinha, que era africana, contaba unos cuentos de misterio muy raros, de África, mi imaginación se despertó con eso. Y fijate por qué lo sentí tanto. Yo leía Bomba, que era un chiquito perdido en la selva, no paraba de leer esas cosas, hay algo mítico que me ha hecho tener eso que Baden expresó mejor que nadie. Se despertaba mi imaginación con los libros y la de él con los cuentos, más que con estar en Bahía escuchando el candomblé, que lo conocía, por supuesto”. Pereyra Lucena dice ver una evolución en esa raíz afro rescatada por Baden y Vinicius (en largas jornadas de investigación nutrida con litros de whisky) en músicos como Edu Lobo, Milton Nascimento y Gismonti, aunque ninguno haya sido un continuador de ese estilo: “quizás nadie siguió la línea, pero despertó historias en otros”. “De Afrosamba me llega todo”, dice y se lo ve siempre feliz cuando toca esos temas donde suele incluir elementos nordestinos: “es que me meto en un tren que está andando y la guitarra suena bien, los bajos constantes te meten en un clima casi oriental, mezclo todo en una tolva, porque está todo del lado de lo intangible, lo misterioso, a lo mejor un brasilero me dice que no tiene nada que ver estar poniendo cosas del nordeste en músicas de Bahía, nunca veo que la gente mezcle así como lo hago. Y les encanta”.



"Fiesta" - Dibujo de Agustín Pereyra Lucena
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